jueves, noviembre 09, 2006

No profanar el sueño de los muertos (2ª parte)

Y donde digo Guthrie digo Saddam Hussein, porque el ahora barbudo iraquí parece ser que está detrás de la oleada de muertes en este pueblucho del midlands inglés, donde solo viven un matrimonio raro de tio cabezón con mujer toxicómana, la dueña de un hotel con su hija con síndrome de down, tres trabajadores del departamento de agricultura, una conserge de hospital, un juez, un médico, un inspector de policía y seis agentes.

Saddam, colgao por la carne fresca


La historia adquiere tintes hitchcockianos cuando el hijoputa del inspector se empeña en cargarle el mochuelo al pobre Nick Nolte/Brad Pitt, convirtiendo un cuento de zombies en la clásica persecución al falso culpable. En este ambiente opresivo (nótese el sarcasmo), Brad Nolte y Rosario Mohedano (la que confunde las marchas) se van con el coche a un cementerio, a vete tú a saber qué hacer. Es de todos conocido que los cementerios de la campiña inglesa tienen mucho de gótico y macabro (llamad a Conan Doyle y que os lo cuente él), y por eso deben ir allí, porque si fueran a la panadería la cosa perdería gracia. Un agente de policía les sigue, con tan mala fortuna que será el único que no salga con vida del camposanto. Resulta que a los muertos les ha dado por levantarse, y despertarse con un humor de perros. Nuestros intrépidos (a la par que sosos) protagonistas se encierran en la iglesia cuando ven que Saddam (con su título de animador social en la mano) monta la Fiesta de las Lentillas Rojas. Total que estos zombies además tienen muy mala idea, porque se ayudan entre ellos para alzar lápidas o forzar la puerta. El poli, en un alarde de inteligencia, sale a buscar su walkie para pedir ayuda. Lo consigue, pero nadie le oye, y su gesta heroica solo sirve para que un anormal muerto de estos le aplaste la pierna con una lápida de cartón piedra. Entre todos le desgarran la piel y a bocados se lo reparten. Lo que pasa es que a los muertos no les han enseñado a comérselo todo antes de pasar al siguiente plato, y cuando llevan medio hígado ya vuelven a acosar a Brad y Charo, que ponen cara de no estar pasándolo muy bien en esa fiesta. Estos zombies no mueren de un impacto cranial, sino quemados, como descubre Brad Nolte, y como está dispuesto a hacérselo saber al mundo. Pero cada uno por su lado, ojo. Ella coge el mini y se va a algún sitio (la narrativa no es el prodigio de este film, amigos), y él coge el coche y... las llaves las tiene el poli muerto! Pues nada, corre que te corre a la máquina ultrasónica, donde se enfrenta a los señores del mono blanco y les jode el cacharro.
Los zombies no entienden de glamour

Parece que no sirve para mucho, porque a ella se le ha hecho de noche (lo de esta mujer con los coches es tremendo), y se ha metido en una carretera con mucha niebla. Y donde hay niebla hay muertos con hambre, así que sale su cuñado para echarle un bocado, pero ella que tampoco es tonta del todo, sabe que eso no puede ser bueno, y huye.

A todo esto aparece el juez por primera vez, y resulta que es Tristanbaker. El lumbreras, al ver el cuerpo masticado del policía, se inventa la teoría que esto lo han hecho sectas satánicas. Al inspector le falta el tiempo de acusar a Brad Nolte de satanista y salir a su caza.

El juez Tristanbaker y su amigo, el Inspector Joputa


No se entiende mucho como vuelven a estar juntos la parejita ideal, solo vemos que ella está muy asustada y confunde a la niña del síndrome de down con un zombie, y ya vamos viendo que los problemas de toxicomanía de su hermana igual no son los únicos problemas de la familia. Él va para el cementerio (que ya son ganas), y los polis le tienden una trampa cutre y le detienen. Le encuentran en el macuto (¿qué macuto?) unas figuritas satánicas, y él dice que es vendedor (¿desde cuando?) y que el Diablo está de moda (cielos, ¿otro yonki suelto?), así que cava su propia tumba (no literalmente, pero poco le falta).

Charo Mohedano va a ver al hospital , donde el Peter Cushing hidrocefálico tiene encerrada a su hermana. Allí tambien llevan al cuñado (qué mal gusto, toda la familia pudriéndose en la misma planta), que se despierta y resucita a dos muertos para que le hagan compañía (se ve que los muertos no soportan la soledad, y necesitan compartir la comida). Juntos se zampan a la conserge, que parece la recepcionista de Luz de Luna. Pero ojo como se la zampan: se reparten una teta para ti, los genitales para mi, el ojo para ese...

El que parte reparte y se lleva la mejor parte

A Brad Nolte ya todo le da mucho mal rollito y va al hospital (en dirección contraria tendría que ir, a salir del pueblo bien lejos, pero como es ecologista...), donde ya está todo el pescado vendido. Incinera a los muertos, pega un par de hachazos, y rescata a Charo... ¡que se ha convertido en uno de ellos! Pues hala, a la barbacoa.

El inspector de policía, que le tiene ganas, aparece y mata a Brad Nolte como en el final de La noche de los muertos vivientes, con unas gotas de Peckimpah, si cabe.

Pero el twist final, que se ve a la legua, es que Brad Nolte resucita gracias a la recién reparada máquina ultrasónica, y mata al inspector estrangulándolo (que es la técnica favorita de estos zombies, que lo sepais).

Moralina: no profaneis el sueño de los muertos, que tienen muy mal despertar.


2 comentarios:

Rafael P. dijo...

He disfrutado más leyendo la crítica que viendo la peli.

Doc Moriarty dijo...

Me ocurre lo mismo con la tuya. Qué tedio de flín!